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Por suerte, en educación y en gran parte del colectivo de profesores nos encontramos uno de los mayores focos de creatividad, innovación e ilusión. El espíritu del verdadero educador está presente en muchos de los docentes de los centros que conocemos. A poco que se reconociera justamente lo arduo pero magnífico de su labor, tendríamos un volcán de entusiasmo generador de mejoras y avances en el mundo educativo.
Pero lógicamente también hay áreas de mejora. Como nos gusta estar muy en contacto con profesionales en ejercicio, junto a ellos detectamos algunas de estas áreas:
1) Se requiere gran cualificación profesional y humana. Cualquiera no puede ser educador y sería conveniente una selección antes de iniciar su formación.
2) Los centros demandan a las escuelas universitarias titulados más en contacto con la realidad que se encontrarán en las aulas.
3) El profesor de Infantil necesita tener próximos y accesibles apoyos de tipo psicopedagógico y logopédico. La detección temprana evitaría mayores males.
4) Se necesita mayor inversión en: recursos materiales y humanos, formación continua, ajuste más real de ratios, programas de innovación, etc.
5) Los centros no pueden tratar a su Etapa Infantil como una simple cantera de niños. Es necesario prestigiarla y apoyarla.
6) Es obvio el necesario cambio en la valoración social e incluso entre el profesorado respecto a la Educ. Infantil. Su responsabilidad y tarea es inmensa.
7) Se deben impulsar investigaciones que ayuden a detectar carencias en la tarea diaria, así como prácticas y experiencias valiosas.
8) Los programas curriculares suelen quedar bastante alejados de las verdaderas necesidades, capacidades y deseos infantiles.
9) No puede olvidarse la evaluación en la medida en que todo es mejorable. Las aulas no pueden quedar al margen ni ser espacios atemporales.
10) Se hace necesario el trabajo personal y en grupo, conscientes de que todo lo que no hagamos irá en perjuicio de los niños. Algunas frases escuchadas:
La rutina: “Hago como he hecho siempre”.
La comodidad: “Ni caso; sólo son modas”.
El miedo: “Yo no voy a poder hacerlo”.
La soberbia: “Qué me van a enseñar a mí después de tantos años”
La apatía: “Total, nadie nos lo van a agradecer”.
Seguro que conocemos otros muchos fantasmas. Todos ellos dañan la labor docente, la imagen del colectivo y, lo que es fundamental, entorpecen el proceso de la educación.
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