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                                                                      MANUEL SEGURA
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Manuel segura es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación (Universidad de Valencia), Doctor en Pedagogía (Universidad de Asunción, Paraguay) y Licenciado en Filosofía y Teología (Barcelona y Heythrop College, Chipping Norton, Oxford, Inglaterra).
Ha sido profesor de Sociología y de Historia de las Religiones en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Asunción, Paraguay; y profesor, durante 19 años, de Psicología Educativa y de Sociología en las Escuelas Universitarias de Magisterio y de Trabajo Social de la Universidad de La Laguna.
Actualmente es profesor jubilado de la Universidad de La Laguna, en el Departamento de Psicología Evolutiva, Educativa y Psicobiología.
Manuel Segura fue el ponenete del seminario "Aprendiendo a manejar conflictos y mejorar la convivencia" que FNCE celebró los días 16 y 17 de enero de 2009.

 

 

1.-  ¿Qué le falta a la educación escolar y familiar para dar mejores frutos?
Lo que necesita cualquier niño o niña, lo que necesitamos todos nosotros, para ser personas, es saber pensar (en vez de embestir), es conocer y dominar las emociones propias y ajenas para actuar con eficacia, es tener valores morales. Es indispensable esa triple educación: la cognitiva, la emocional y la moral. Cuando falla una de las tres, falla la persona. Y hay que confesar que actualmente falta alguno de esos tres factores, o los tres, en la educación familiar y en la escolar.
Por otra parte, desde el principio de su vida, los niños necesitan mucho cariño y normas claras. Es así  como aprenden a distinguir lo que está bien de lo que está mal (valores) y van desarrollando su mundo racional y emocional. Si intentamos educarlos sin cariño, crecerán amargados y rebeldes; si les damos cariño pero no les obligamos a respetar las normas de convivencia, se irán convirtiendo en unos salvajes caprichosos.

 


2.- A más crisis parece que más prozac. ¿Cabe alguna alternativa no farmacológica?

La química farmacéutica ha progresado espectacularmente. Con mucha más rapidez y eficacia que las técnicas educativas y que la psicoterapia. Hay fármacos para dormir, para serenarse, para no deprimirse. Sin embargo no hay pastillas que puedan compararse, ni de lejos, con el sentido del humor, el sentido de la realidad, el sentido de la proporción. Charlie Brown en una de las estupendas aventuras dibujadas por Schulz, pierde un partido en el colegio y vuelve hundido a su casa; pero recupera su alegría diciéndose a sí mismo que perder un partido no tiene importancia, si se mira ese fracaso “desde una perspectiva planetaria”.
Ese es el mejor remedio para los problemas y para la crisis actual: no el prozac, sino el sentido del humor, el sentido de la realidad y la fe con una gran dosis de esperanza.

 


3.- Los adultos nos empeñamos en decir lo mal que está la juventud actual ¿Tenemos, en general, los adultos que hacemos esa crítica, mayor desarrollo moral que los jóvenes?

No es verdad, como dicen algunos, que los jóvenes no tengan valores. Sin valores no se puede vivir, porque no habría motivación para trabajar, para esforzarse. Lo que sí es verdad es que los valores actuales de los jóvenes no coinciden del todo con los valores de las generaciones anteriores. Los jóvenes valoran mucho el éxito y si es sin esfuerzo, mejor. Valoran la belleza física, el atractivo sexual, la diversión y, por supuesto, la salud y el dinero. Las generaciones anteriores, sin desconocer esos valores, han tenido gran estima por el esfuerzo y el trabajo, por la cultura, por la solidaridad, por la responsabilidad, por la paz.
Pero lo que interesa, en el mundo de los valores, no son las ideas ni las creencias, sino la conducta. Uno puede decir que valora en gran manera la generosidad y luego no mover un dedo por nadie y no compartir nada de lo que tiene; o puede proclamar que la justicia es el valor moral fundamental y luego no pagar lo justo a sus empleados o involucrarse en negocios turbios. Por eso, para ayudar a los jóvenes a descubrir los grandes valores, los adultos tenemos que vivirlos, no sólo pregonarlos. Los padres primero y los profesores después son, quiéranlo o no, lo más decisivos modelos para los niños y los jóvenes. Nunca podremos convencer a los jóvenes de que algo es un valor (por ejemplo la sinceridad o la responsabilidad), si para nosotros, en nuestra vida de cada día, no valen nada. Es lo que se llama “falta de autoridad moral”, enfermedad que aqueja a muchos adultos, sean políticos,  empresarios,  deportistas o padres de familia.

 


4.- Los niños ven en la televisión la realidad actual ¿Cómo hay que darles después una clase en la que se hable de valores, si ellos se han fijado en el modelo adulto de la tele (agresivo, violento, egoísta...)?
No es tan difícil, si antes hemos hecho el trabajo que dijimos, de haberles enseñado a pensar por sí mismo, haberles acostumbrado a dominar sus emociones y haberles ayudado a descubrir los grandes valores morales. Si tienen esto, serán muy críticos, muy sanamente críticos de las conductas negativas que aparezcan en la televisión. Las películas y muchos otros programas de televisión pueden ser muy útiles educativamente, tanto a los padres como en el aula escolar, para discutir con los jóvenes qué conductas son ejemplares, o al menos aceptables, y qué conductas son rechazables. Y que los mismos jóvenes sean capaces de decir en qué grado de desarrollo moral (por ejemplo en la escala de Kohlberg) se movieron los protagonistas
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